El tiempo

Llevo varios días analizando la forma en la que el tiempo condiciona nuestras vidas. Todos llevamos en mayor o en menor medida una vida programada, llena de horarios y obligaciones. Sabemos cada día lo que vamos a realizar al día siguiente. Creemos tener un supuesto control sobre nuestra vida. Me levantaré, me prepararé un café, me ducharé,…y de pronto ¡Oh sorpresa, un infortunio! No ha sonado el despertador, o no queda café, o se me olvidó comprar champú… Algo ha trastocado la rutina programada en la que tan cómodos andamos metidos y ese pequeño desliz hace que el día no sea como esperábamos: voy a llegar tarde, no voy a conseguir despejarme sin mi café, o el famoso “y yo con estos pelos”

Bueno, no es que me haya ido de cabeza de repente, no, aunque quizá sí, pero de ser así, desde luego no lo ha provocado ni un despertador, ni un café olvidado, ni un champú que sigue en la lista de la compra. Lo está provocando una toma de conciencia de lo que son las rutinas en nuestras vidas y el tiempo, sobre todo el tiempo. Si hubiera sabido que por la mañana un pequeño fallo me iba a estropear el resto del día, habría procurado evitarlo y que nada me trastornase ¿No? Bueno, pues esto mismo es lo que deberíamos hacer con la vida.

La vida se compone de tiempo, es un reloj que gira hacia la izquierda, una cuenta atrás que inicia en el mismo momento en el que salimos del útero o incluso antes.

Si, hay ocasiones en las que la cuenta atrás finaliza en el mismo instante en el que el reloj de la vida debería activarse. Una cuenta atrás breve, muy breve, demasiado breve. Que se lo cuenten a mi niña allá donde esté, lo breve que fue. No logramos vernos las caras, qué lástima, qué dolor, cuánta pena, pero qué importante fue su existencia, me cambió la vida, mi existencia, mi forma de ver la vida, todo. Su escaso reloj no marcó ni un segundo y sin embargo produjo cambios en el mío, mi “tac-tic” cambió para siempre. Qué limitada fue su duración y cuan grande era su misión. Me abrió los ojos y me puso los pies en la tierra de golpe con su presencia sin tiempo. Nunca la nombro, nunca lo hablo, los que me quieren nunca la nombran, nunca lo hablan…eso es dolor y lo que duele, no se toca. El próximo día 12 de este mes, hará la friolera de 16 años y sigo llorándola, qué lástima. En ningún momento llegué a plantearme que podía no haber programado su reloj con una cuenta atrás más larga que la mía, pero así fue y así sigue doliendo década y media después.

Mi visión de la vida cambió.

Dos años después tuve, como diría yo… la oportunidad de elegir entre prorrogar con tiempo extra mi cuenta atrás o permitir que mi reloj dejara de girar; no lo dudé, no me reuní con ella. Decidí quedarme y me regalaron catorce años más de “tac-tic” ¡Qué importante es la salud! Ella marca nuestro tiempo y no le damos el lugar que se merece, qué gran error.

Catorce años después, de nuevo la vida me puso en una tesitura difícil en la que tuve que tomar conciencia de lo efímera que es la vida. Que nuestro reloj tiene una pila que se puede terminar en un momento dado y que nunca sabemos cual es su duración exacta, por eso la posibilidad de la muerte, siempre nos coge desprevenidos, no estamos preparados para morir, es curioso.

Si algo tenemos claro en esta vida, es que tiene fin. Todos nos moriremos y esto no es ciencia, es realidad. Pero sin embargo, lo olvidamos, lo ignoramos, lo apartamos de nuestra mente. ¿Por qué? Probablemente porque no conocemos la duración de la pila del reloj.

Cuántas veces he oído a la gente decir “si yo llego a saber esto, habría aprovechado para…”

Habría aprovechado para qué… ¿Para ganar dinero? No ¿Para divertirme más? No ¿Para intentar triunfar? No ¿Para ser más guapo o más moderno? No ¿Para ser mejor persona? Quizá ¿Para haber contribuido en dejar el mundo algo mejor de lo que lo encontré? Quizá. Pero en realidad la pregunta del millón siempre es ¿Y si yo en verdad hubiera muerto aquel día, qué es lo que más pena me habría dado perderme? Y la respuesta la tengo clara: todo el cariño que he recibido y lo feliz que he sido dándolo. Me encanta el amor en estado puro, blanco, verdadero.

Estoy en horas bajas. El reloj del útero del que salí anuncia que tiene baja la batería. No se puede recargar con tiempo extra. He de tomar conciencia de que sus saetas, están diciendo “vamos a empezar a caminar más despacio durante un tiempo pero finalizamos ya nuestro trabajo, no os molestéis en darnos cuerda, la cuenta atrás está llegando a su fin” ¡Cuánto me cuesta callar y no incitarla a luchar! Solo debo aprender a esperar y a dejar que se consuma lo que le queda de carga. Ni si quiera puedo acelerar sus saetas para evitarle lo que sé de antemano que le espera. No puedo hacer nada. Solo darle amor. Un amor que no sabe recibir, igual que tampoco lo supo dar. Me gusta pensar que no lo supo hacer mejor, no ha tenido una vida fácil.

Pero lo cierto es que vivimos sin ser conscientes de que el verdadero sentido de nuestra vida, lo que perpetuará nuestra existencia, será el recuerdo o el impacto que hayamos podido dejar grabado en el alma de cada persona que haya compartido con nosotros un tiempo o una etapa de nuestra cuenta atrás y eso solo se logra mediante el amor entregado o negado.

Hoy en día parece que todo el mundo quiere ser importante en lugar de útil, confunden el aplauso fácil y el reconocimiento popular con su capacidad para ser útiles y provechosos para los demás. ¡Qué más da el despertador! ¡Qué más da el café! ¡Qué más da el champú! Lo único que importan son las personas y cómo nos comportamos con ellas.

Yo, que no soy importante y que sigo buscando mi lugar útil en esta vida, recomiendo que se actúe siempre desde el cariño. Hagas lo que hagas, seas lo que seas, ocupes el lugar merecido o no que te haya otorgado la vida, actúa siempre desde el cariño. Entrega lo mismo que te gustaría recibir, independientemente de que consideres que se lo merezca el otro o no. No seas juez. Predica con el ejemplo. Y de vez en cuando, tómate un receso y piensa: si mañana te dijeran que tu cuenta atrás entra en la recta final ¿Qué cambiarías en tu vida? ¿Quién crees que eres y quién eres tú en realidad? ¿Estás facilitándole la vida a los demás o por el contrario la dificultas? ¿Le estás dando importancia a las cosas que verdaderamente son importantes? ¿Le has dicho hoy a alguien que lo quieres? No esperes a hacerlo cuando estés en la recta final, hazlo hoy mismo porque aunque lo hayas olvidado, tu cuenta atrás comenzó el día en que naciste.

Da gracias cada día por el simple hecho de estar vivo y disfruta de cada instante que te regala la vida. Y siempre, siempre, siempre, intenta dar lo mejor de ti. 🙂

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Tengo una crisis existencial :-)

Intentaba ordenar ideas. Miraba a su alrededor y no entendía nada. ¿Tan aislada del mundo real había vivido? Realmente hacía muy poco tiempo que había tomado conciencia de su propia existencia, siempre dedicada a ayudar o a salvar a los demás cuando los veía hundirse. Era lo que consideraba natural, “lo normal”, que todo el mundo actuaba de la misma manera, que el ser humano era colaborador por naturaleza y que entregaba lo mejor de sí mismo a cada ser que se cruzara en su camino porque esa era su condición, en resumidas cuentas que todo el mundo era tan “normal” como ella.

Pero claro hasta entonces, lo veía así, porque así se lo había mostrado la vida. Cada vez que alguien fuera quien fuese, necesitaba su ayuda ella corría a rescatarlo. ¿Cómo no salvarlo si veía claramente cuál era su solución? ¿Cómo callar los errores que veía que le estaban provocando tal adversidad o tal otra? Después cuando ella necesitaba resolver cualquiera de las situaciones adversas que se le presentaban en la vida, siempre le sobraban manos de ayuda, y claro, para ella eso era lo normal, así es la condición humana, por eso las personas viven en sociedad, para poder llegar donde el otro no llega.

Un buen día, un ‘nuevo conocido’ frente a una situación controvertida, le plantea que las personas cuando reciben un favor se sienten en deuda con aquel que les ha ayudado y por obligación moral responden ante la petición de solicitud de un favor. ¿Perpleja? Nooo, convencida de que está en un error absoluto. La gente no se mueve por “devolución” sino por bondad, quieren agradar, ayudar, complacer.

Pero, ¿realmente era solo reciprocidad? ¿Quedaban moralmente en deuda y por eso le correspondían todos? ¿No era una actitud “normal” de la sociedad en la que se desenvolvía? ¡¡Qué va!! Imposible pensar eso, el ser humano es bueno por naturaleza y cuando lo necesitas acude en tu ayuda como la sangre a la herida. Le dio una de sus habituales peroratas de moralidad y se marchó a su casa convencida.

Pero si estaba tan convencida, ¿Por qué le hacía cuestionarse si estaba en lo cierto o no? Quizá se había quedado prendada de esa idea descabellada porque partía de una persona que le había demostrado que era coherente y eso la descolocaba. Aunque claro, ella sabía que él lideraba un grupo que no lo era y prefirió creer que estaba mediatizado y que no miraba la vida con los “ojos de ver”, sino con los de sobrevivir y eso le impedía tener un criterio real sobre el que pronunciarse. Su mundo era tan opuesto al de ella que era digno de reflexión. Claro, eso era.

Decidió analizar su grupo, ese grupo en el que, por curioso imperativo de la vida, iba a pasar más tiempo del que voluntariamente habría elegido. ¡Su sorpresa fue mayúscula! Quizá estaba en lo cierto el joven de intensa mirada azul, quizá no era él quien estaba en un error. ¿Realmente la gente era así?

¡Gabinete de crisis!

Se había subido a una montaña rusa de emociones que iba a durar noventa días y debía aprovechar para aprender la visión de la vida desde perspectivas completamente opuestas a la suya. Ella sabía que tenía delante un maestro del que aprender y, aunque aquello estaba claro que era una cuenta atrás, no quería desperdiciar la oportunidad que se le estaba brindando para tomar una conciencia clara de cómo era la otra cara de la moneda de la vida.
Su día a día se había desarrollado desde la cruz de la moneda, en toda la amplitud de la palabra cruz, y de pronto tenía delante la versión de la vida desde la cara, o desde lo que era echarle una cara increíble a la vida, en la que si puedo apagar la luz del de al lado lo hago porque así sigo brillando con luz propia. Pero ¿qué clase de luz irradiaban? Ella percibía esa luz como el reflejo que puede generar un corazón en el centro de un gélido cubo de hielo. No era una luz cálida, ni muchísimo menos. Pero se encontraba allí y debía aprender de esa situación, en medio de la cara y la cruz, sumergida en una auténtica crisis existencial sobre lo que se debe considerar lo “normal”.

Pero en realidad ¿Qué es lo normal? ¿Quién lo decide? ¿Alguien lo sabe? Ella no. Era una pregunta imposible de responder y vino a su mente la maravillosa pregunta de Groucho Marx “¿Comparado con qué?”

¡Exacto! Lo normal viene definido en función de con qué se compare. ¡Bien! Ya había obtenido una respuesta que podía dar por válida. Escasa, poco precisa, pero para comenzar no estaba nada mal.

¿Comparado con qué?

Comparado con el tercer mundo, uno abre el grifo y valora tener agua potable ilimitada cada día.
Comparado con la hambruna, uno valora el plato de comida que tiene en la mesa cada día.
Comparado con los indigentes, uno valora tener un techo en el que cobijarse cada día.
Comparado con la pobreza extrema, uno valora tener más de lo que necesita cada día.
Comparado con los talibanes, uno valora poder elegir la música a escuchar cada día.
Comparado con las dictaduras, uno valora la libertad de expresión que ejecuta cada día.
Comparado con la opresión, uno valora la capacidad de tomar decisiones cada día.
Comparado con la soledad, uno valora el cariño que recibe de sus familiares y amigos cada día.
Comparado con personas enfermas, uno valora poder disfrutar de un cuerpo sano cada día.
Comparado con, comparado con, comparado con, uno valora, uno valora, uno valora, cada día, cada día, cada día.

En función de con quién se compare, uno adquiere unos valores u otros y eso hace que en el día a día nos podamos sentir tremendamente afortunados o desconsoladamente frustrados.

Ese supuesto nivel de perfección que se exige ahora. Esas necesidades impuestas, por no sé quién, que hace que todo el mundo base su felicidad en alcanzar tener más que el vecino. Esto provoca que cada individuo esté más atento en saber lo que hace, dice y tiene otro, que a valorar, disfrutar y defender lo que ya tienes.

¿Por qué lo hacen? ¿Por qué necesitan el éxito? ¿Por qué necesitan demostrarle al mundo que son mejores que otros? ¿Por qué necesitan vivir con la sospecha constante de que los demás tienen más o viven mejor? ¿Por qué desprecian o menosprecian a los menos favorecidos, en lugar de agradecer lo privilegiados que son por no formar parte de ese colectivo?

Por más vueltas que le doy sigo sin entenderlo. Quizá tengan razón aquellos que dicen que no hay que entenderlo todo y simplemente aceptarlo. Pero me cuesta. Me niego. No soy capaz de mirar hacia otro lado. No sé hacerlo.

Claro que quizá sea que ahora está de moda hablar de “sinceridad”, “solidaridad”, “justicia”, “paz”, “talento individual”, “…” y que todos vegeten esperando que sea otro el que venga a “rescatarlos de la injusta vida que les ha tocado” cuando lo que se debería trabajar es “la voluntad de cambio”, “la ayuda desinteresada”, “la colaboración fraterna”, “la transformación del entorno cercano”, “…” En fin, creo que me estoy ganando el diploma de “Happy flower” puede que sea verdad que vivo en un submundo. (Jajaja el corrector me ha sugerido “Hippy flower”, quizá, puede ser, no lo descarto tampoco…jajaja)

Pero si es así, hay que ver lo afortunada que he sido porque he superado más de media vida ya y siempre he tenido personas en el camino que pensaban como yo y actuaban en consecuencia. Claro que igual es que soy de otro tiempo, de otra generación, con otros valores,… No sé qué narices hago aquí cuestionándome tanto. Debería bajar mi nivel de autoexigencia y aceptarlos sin más. Pero siento que perdería mi esencia y no sé si estoy dispuesta a pagar un precio tan alto. Seguiré tachando los días y cuestionándome de dónde he salido y dónde he estado metida todo este tiempo. Pero me niego a normalizar y aceptar lo que mi alma no es capaz de comprender.

Si alguien puede ayudarme a entenderlo, será de agradecer porque creo que esto me ha provocado una crisis existencial en toda regla. 🙂

Continuará…

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Reinventándome de nuevo

Parece ser que la vida me invita de nuevo a reinventarme y para eso…para eso necesito organizar mis ideas.

Podría hacerlo en un lugar más discreto y menos público, es cierto, pero perdería esa sensación de hacer una gamberrada publicando mis idas y venidas mentales!!

Llevo varios días dándole vueltas a una idea y como este es el primer post, no lo voy a plasmar todavía, pero comenzaré en el siguiente porque lo necesito.

¡¡Organizar ideas!!

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